Día de la Mujer Bellavistense: cuando la solidaridad se cocina todos los días

En el marco del Día de la Mujer Bellavistense, la cocinera del Centro Integrador Comunitario (CIC), Marisa Giménez, compartió su historia de vida, su vocación por la cocina y su compromiso permanente con la comunidad.

“Se trabaja. Se trabaja y con muchas ganas”, resumió al describir su labor cotidiana en el comedor comunitario, un espacio clave para numerosos vecinos de la ciudad.

Un recuerdo especial para Aurora Hudt

En una jornada dedicada a homenajear a Aurora Hudt, Marisa destacó la figura de quien fuera docente y viceintendenta de Bella Vista.

“Para mí todos los días son especiales, pero recordarle a la mujer y más de quién viene, mejor. Aurora fue una gran mujer”, expresó.

Vecinas del barrio San José Obrero, Marisa recordó su cercanía con Hudt: “Cruzaba por casa, participaba en la iglesia. Era muy buena y muy voluntaria”. Para ella, la fecha está “muy bien puesta”, aunque subrayó que hay muchas otras mujeres que también merecen reconocimiento.

Seis años al frente del comedor

Giménez lleva seis años trabajando en el CIC, aunque su vínculo con el lugar comenzó antes. Colaboraba en el comedor de la Escuela Técnica y, durante el receso escolar, ayudaba en el CIC. Tras el fallecimiento de la histórica cocinera Luisa —esposa de Carlitos Elmirón e impulsora del comedor— quedó al frente del espacio.

“Hay muchas mujeres que merecen ser recordadas, y ella es una de esas. Hizo mucho por los chicos del barrio”, señaló.

La cocina no fue casualidad en su vida. Marisa vivió en Buenos Aires, donde su esposo —chef de profesión— y su familia política se dedican a la gastronomía. “De ahí me empezó a gustar la cocina. Siempre me encantó”, contó.

Desde su regreso a Bella Vista, trabajó en distintas tareas y colaboró en eventos y campañas, siempre ligada a la cocina y al servicio comunitario.

Una vida de esfuerzo

La historia laboral de Marisa comenzó a los nueve años, trabajando en casas de familia. Luego cosechó frutillas, algodón en el Chaco, hizo tareas de albañilería y acompañó a su padre en distintos oficios. “No le tengo miedo a ningún trabajo”, afirmó.

También relató uno de los momentos más difíciles de su vida: el accidente que dejó a su padre con muerte cerebral durante cinco años. Sin ingresos formales, debió sostener el hogar junto a sus hermanos y su marido, vendiendo pollo a la parrilla para cubrir gastos médicos y alimentación especial.

“La gente colaboró siempre conmigo. Yo le debo mucho a Bella Vista”, sostuvo. Esa experiencia marcó su compromiso solidario: “Siempre estoy al pie del cañón cuando hay que ayudar, sobre todo a los chicos”.

Trabajo, familia y gratitud

Marisa reconoce que dejó sus estudios por amor, pero no se arrepiente. Hace 35 años que comparte su vida con su pareja, con quien formó una familia con tres hijos y dos nietos. “Gracias a Dios estoy bien”, afirmó.

En el CIC, su tarea va más allá de cocinar. Es un espacio sensible, donde la contención y la empatía son tan importantes como el plato servido. “Creo que esa es nuestra obligación como mujer: ayudar y colaborar con quien realmente lo necesita”, expresó.