Argentina es el segundo país del mundo con más casos de trastornos (o padecimientos) de la conducta alimentaria (TCA). “¿Por qué ocurre esto? Es uno de los países que más presiones tiene sobre los estereotipos de belleza e ideales en torno a la imagen corporal. Ideales vinculados a la delgadez”, reflexiona la psicóloga con perspectiva de géneros Julieta Fantini, desde su cuenta de Instagram y espacio de debate y diálogo, cuestionartearg.
«Una persona nombró esta problemática así», agrega en la publicación: “Me sentí muy fea durante toda mi estadía en la Argentina, volví y se me pasó. Siento que los estándares estéticos allá son la dictadura”, el término subrayado como manera de desnudar las exigencias.
En Argentina predomina el ideal de delgadez, mientras que, por ejemplo, en otros países de Latinoamérica se exige voluptuosidad. ¿Y si seguimos cuestionando los ideales de belleza impuestos?”, interpela, para abordar y desarmar aquellos mensajes que impactan en la salud mental y emocional.
La Ley 26.396 de Prevención y Control de Trastornos Alimentarios, sancionada hace trece años, es un insumo clave para proteger a aquellxs que padecen algún tipo de TAC, y garantiza además que las obras sociales cumplan con los tratamientos nutricional, psicológico, clínico, quirúrgico, farmacológico, y todas las prácticas necesarias para su atención.
Pero aún no alcanza a establecer amparo suficiente frente a la discriminación y las exigencias estéticas, a publicidades y prácticas de diseñadorxs y productorxs de moda y maquillaje que imponen cánones de belleza cuasi delictivos, a las expresiones estigmatizantes y abusivas de comunicadorxs, influencers y personajes mediáticxs, referidas a aspectos físicos, orientación sexual, identidades de género u otras características físicas y estéticas.
Es imprescindible una campaña de difusión institucional intensiva, que desarme mandatos patriarcales hegemónicos de delgadez o de cuerpos reales pero con «redondeces firmes», como sinónimos de salud, belleza y bienestar.
Desnaturalizar culturas de cartón pintado, occidentales, blancas y pulcras, que idealizan dietas sudadas en gimnasios virtuales y presenciales, consultorios juzgadores y aplicaciones de actividades físicas insostenibles, tecnologías que controlan hasta las pulsaciones y el aire que se respira, sin espacio para escuchar cómo desea agitarse el propio cuerpo ni para elegir una alimentación placentera, nutritiva y amorosa.
FUENTE: PÁGINA 12.