Hace pocos días, expertos en tecnología pidieron a las empresas que trabajan en inteligencia artificial (IA) que frenen temporalmente sus desarrollos, temerosos por los riesgos asociados a esa tecnología descripta por ellos como “incontrolable”. Lo cierto es que el auge de ChatGPT y otros sistemas basados en IA traen encantos y también desafíos, algunos grandilocuentes (un especialista escandalizado dijo que “todos moriremos” si no se regulan las investigaciones) y otros más al alcance de la mano, por ejemplo los cambios que estos avances provocan en el ámbito educativo.
Le pregunté a ChatGPT, el poderoso robot conversacional desarrollado por OpenAI, qué tipo de problemas podría generar su uso en las aulas. “Puede ser una herramienta valiosa para las escuelas, pero es importante que los educadores sean conscientes de los riesgos potenciales y tomen medidas para minimizarlos”, respondió la máquina junto a un listado de aspectos a considerar, como el contenido inapropiado, los sesgos, la dependencia tecnológica y la privacidad de los datos.
Más declaraciones de ChatGPT, que literalmente se ataja: “Si las escuelas dependen demasiado de las herramientas tecnológicas, pueden correr el riesgo de limitar la capacidad de los estudiantes para aprender y desarrollar habilidades importantes, como la investigación, el pensamiento crítico y la resolución de problemas. Es importante que los educadores equilibren su uso (…) con otros métodos de enseñanza para garantizar que los estudiantes estén recibiendo una educación completa”.
En función de lo dicho hasta aquí, no es la inteligencia artificial per se la que revoluciona sino la gran apertura que va de la mano del boom protagonizado por ChatGPT. ¿Acaso no sorprende que se hable de IA en los cafés y en las mesas familiares? Al interior del ámbito educativo hay revuelo, y los que forjaron la criatura lo saben.
Para usar ChatGPT sólo hay que hacer un registro breve (es posible ingresar con las credenciales de Google), indicar la edad y empezar a usarlo sin pagar un peso. Para seguir con la filosofía, podés preguntarle quién fue Sócrates y la maquinita entregará un informe completo, claro, en base a información que recoge de la Web. Probamos, incluso, escribiendo con errores el nombre del pensador. Al indicar “socrares”, la IA respondió que “es posible que la referencia sea para Sócrates, el filósofo griego nacido alrededor del 470 antes de Cristo en Atenas”.
Cualquier alumno escasamente astuto podría entregar un trabajo práctico a un docente apenas desprevenido, escrito 100% por ChatGPT y afines. Recordemos, de paso, que aquel no es el único en su especie: hace unos días Google presentó su propio monstruito con IA, llamado Bard.
Entonces, ¿es posible distinguir si un texto fue escrito por una inteligencia artificial? Hay algunas estrategias para hacerlo, en especial echar mano a programas que identifican a los escritos artificiales. Uno llamado GPTZero fue creado por un estudiante, e incluso hay un método que ofrece OpenAI, AI Text Classifier, como “antídoto” para su creación. Eso sí: en inglés funcionan mejor que en otros idiomas, por ejemplo el español.
FUENTE: TN.