Cada 27 de junio se conmemora el Día Internacional del Microbioma, o de la Microbiota, como una forma de visibilizar la existencia y la importancia de los miles de millones de microorganismos que han colonizado todos los ecosistemas del mundo, y nosotros no somos la excepción. Los mares, los ríos, los bosques, las profundidades de las minas, hasta nuestro jardín o el arenero donde juegan nuestros hijos, todos están llenos de microorganismos.
En nuestro cuerpo habitan miles de millones de bacterias, levaduras, hongos, virus, arqueas y parásitos. Si conviven en forma armónica, nos dan salud, nos protegen de infecciones agudas y de enfermedades crónicas, pero también conectan nuestro intestino con el cerebro, lo que comemos con nuestras emociones y lo que pensamos con lo que sentimos “en las tripas”, por utilizar un término popularmente extendido.
En particular, la microbiota intestinal, o lo que se conocía antes con el nombre de “flora intestinal”, es el ecosistema más conocido y más estudiado por el enorme impacto que puede tener en nuestro bienestar. Somos lo que comemos, pero somos aún más lo que le damos de comer a este universo microbiano que está en nuestro intestino.
¿De dónde sale esta gran cantidad de microorganismos? De varios lugares. La adquisición, o colonización, de nuestro intestino es un proceso complejo y dinámico que empieza en el mismo momento en que nacemos, e importa mucho la forma en que nacemos. Para esta microbiota, lo ideal es que el parto sea vaginal, para que el bebé pueda tomar los miles de millones de lactobacilos, bacterias benéficas, que mamá tiene en la vagina.
FUENTE: «INFOBAE».